¿Qué es el neoludismo?
Ni tecnófobos ni entusiastas: los neoludistas no rechazan la tecnología, rechazan cómo se ha diseñado

Es innegable que la humanidad vive en estos momentos su etapa más tecnológica. Y no solo por la sencillez con la que se puede usar la tecnología por parte de la sociedad, sino por la facilidad de acceso a la misma que, prácticamente, tiene cualquier persona del lugar más recóndito de nuestro planeta.
Esto ha hecho que dependamos de ella para muchas cosas y que se haya convertido en algo imprescindible para nuestro día a día. Nadie concibe ya no usar la tecnología en sus relaciones personales o familiares, en el trabajo, para hacer la compra, en las gestiones del banco, para adquirir unas entradas para un concierto, para ayudarnos a estudiar... Las facilidades que nos proporciona son tantas que renunciar a ella es complejo.
Sin embargo, esa dependencia masiva de la tecnología ha hecho que empiece a haber personas que, sin estar completamente en contra de la misma, se empiecen a cuestionar si su uso es tan positivo. Son los "rebeldes" de la tecnología: los neoluditas.

Del ludismo al neoludismo
El ludismo fue un movimiento de artesanos ingleses que, entre 1811 y 1816, protestaron contra las máquinas de la Revolución Industrial. Su estallido se sitúa el 11 de marzo de 1811, cuando un grupo de calceteros destruyó unos sesenta y tres telares en Arnold, en Nottinghamshire. Los luditas no destruían máquinas al azar: atacaban las que, a su juicio, amenazaban su independencia artesanal y su modo de vida. Era una disputa sobre salarios y trabajo.
Tuvieron que pasar casi dos siglos para que llegase el neoludismo En marzo de 1990, la psicóloga Chellis Glendinning publicó «Notes toward a Neo-Luddite Manifesto», con la intención de dar legitimidad a quienes se sentían inquietos ante la tecnología de la segunda revolución industrial. Su punto de partida fueron los «supervivientes de la tecnología»: personas que habían sufrido lesiones o enfermedades tras exponerse a tecnologías tóxicas en casa o en el trabajo.
El movimiento actual no consiste en rechazar la tecnología por completo, sino en oponerse a cómo se ha diseñado para explotar a los usuarios. El Luddite Club de Nueva York, formado por jóvenes desencantados, propone teléfonos de tapa, manualidades, tiempo en parques y libros en papel. Ni siquiera la corriente radical es antitecnología en abstracto: critica un sistema, no el objeto.

¿Y las próximas generaciones?
Aquí conviene ser prudentes: los datos fiables se refieren a la Generación Z. Y dibujan un cuadro ambivalente. Un 51% de los jóvenes estadounidenses usa IA a diario o semanalmente, pero el crecimiento se ha frenado: solo cuatro puntos más que el año anterior. El entusiasmo y la esperanza han caído, y el 31% declara sentir enfado hacia la tecnología, frente al 22% de 2025. Además, los trabajadores de esta generación confían más en lo hecho sin IA (69%) que en lo asistido por ella (28%).
Un dato apunta en la misma dirección. En Australia, tras la prohibición de redes sociales a menores de 16 años, el 47% de los jóvenes encuestados apoyaba la medida. Sin embargo, más de la mitad de los afectados directamente, entre 12 y 15 años, mostraba su desacuerdo.
Parece, por tanto, que las próximas generaciones no serán tecnófobas, pero tampoco ingenuas: usarán la tecnología exigiendo más control, más transparencia y menos manipulación. Es un diagnóstico, no una certeza, porque sobre la Generación Alfa aún hay poca evidencia.
El ludismo original defendía el trabajo; el neoludismo defiende, en esencia, la autonomía. Entre ambos hay una idea común: la tecnología no es neutra, y quien la diseña decide a quién beneficia. Para las marcas, la lección es clara: la desconfianza no va contra la innovación, sino contra las experiencias que no respetan al usuario.
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